Robert Edison Fulton, Jr. nació en Nueva York en 1909, y con solo 23 años se convirtió en uno de los primeros en dar la vuelta al mundo en moto. Inquieto, aventurero e inventor, su afición por los motores y por todo aquello que se moviera propulsado por uno de ellos le viene de familia. Su padre fue presidente de la compañia de camiones Mack Truck Co. y su abuelo diseño por encargo de Napoleon el primer submarino. Pionero en muchos sentidos (se embarcó en el primer vuelo comercial de la história y estuvo presente en la apertura de la tumba de Tutankamón) sus inventos más sonados fueron el "Airphibian", un coche volador que podía convertirse de coche a avión en menos de cinco minutos, y el sistema de rescate aereo "Skyhook", un sistema que permitia recoger a personas desde un avión en marcha. Murió en 2004 a los 95 años.
"¿Esta planeando navegar de vuelta a casa pronto?", esta ingenua pregunta se convirtíió para Robert Edison Fulton en el pistoletazo de salida para su singular aventura : dar la vuelta al mundo en moto. No se le ocurrió otra que responder que no, que iba a dar la vuelta en una motocicleta. Aparte de la asombrada mujer que le hizo la pregunta estaban presentes en la cena otros comensales y a uno de ellos, un tal Redgrave, parece ser que la bravuconada del jóven Edison le sonó interesante y como directivo de la Douglas Motor Works le ofreció una de sus motos para tal fin. Nunca sabremos si a Robert se le indigestó aquella cena pero unas semanas después ya estaba rodando camino a Dover con una Douglas bicilindrica.
Hombre Orquesta

Todas las fotografías del viaje, incluso en las que aparece el, fueron sacas por el mismo. Para tal fin acopló un temporizador a la cámara de cine y una vez que esta estaba montada y enfocada accionaba el rejol. Disponía entonces de diez segundos para correr hacia la moto, montarse, arrancarla y entrar con ella en el encuadre.

Cruzó Europa de un tirón (Francia, Alemania, Austria, Yugoslavia, Bulgaria y Grecia) y en Turquía tuvo que dormir como "huesped" en varias cárceles locales. Hasta entonces el principal contratiempo fueron las largas jornadas pasadas en los diferentes puestos fronterizos, los aduaneros le tomaban como un chiflado y le negaban el paso. Alcanzó Damasco, en Siria, y de camino a Bagdad se tuvo que enfrentar con el gran desierto Sirio, más conocido por El Azul por la total ausencia de nubes en sus confines. Con opiniones encontradas, unos opinaban que jamás lo conseguiría y otros le daban ánimos, partió de Damasco con la moto cargada hasta los topes con bidones extra de gasolina y agua. Le esperaban 800 km de arena, calor, soledad e incertidumbre, unas terribles jornadas de viaje antes de alcanzar Bagdad, ciudad a la que llegaría enfermo y exhausto y donde pasaría las siguientes siete semanas en un hospital. En en desierto sirio se cruzó con las caravanas de camellos de los beduinos, encuentros que más tarde le inspirarían el título de su libro.
Las montañas nevadas de Iran le impidieron seguir con el viaje por tierra y no tuvo más remedio que continuar su periplo en un barco hasta Bombay, en la India, donde pasó los siguientes seis meses recorriendo y filmando todo el subcontinente asiático. Logró acceder a Afganistan, rodando por el mítico paso de Khyber que lleva hasta las ciudades de Kabul y Kandahar y donde logró persuadir a los feroces miembros de la tribu de los Ghilzais para que le dejaran rodar su secreta danza nocturna de las espadas de día. Tras cruzar India de nuevo se embarcó rumbo a Indonesia, visitando Sumatra, Malasia, Tailandia, Vietnam, Laos y China. Las embarradas pistas chinas pudieron con la Douglas y con la paciencia de Fulton quien no tuvo más remedio que desistir de internarse más en territorio chino y costear en barco hasta alcanzar Shangai. Desde esta ciudad se internó una vez más en territorio chino, hasta Sianfú, antes de coger un barco a Nagasaki, en Japón. Y de Japón, donde fue agasajado por el Motoclub de Kobe, de vuelta a su pais cruzando en barco todo el Pacífico hasta San Francisco. A Fulton todavía le quedaba cruzar todo EEUU, de costa a costa, antes de llegar a Nueva York. Llegó la víspera de las Navidades de 1933 consu Douglas y con más de 64.000 km recorridos, habiendo completado su vuelta al mundo en 17 meses, visitando 22 paises.
Para documentar el viaje llevaba una cámara de cine de 35 mm y 1.200 metros de película guardados en el maletón trasero de la moto. A su vuelta editaría el documental "Twice upon a Caravan".
Uno de los propósitos del viaje de Fulton (acababa de terminar arquitectura) era estudiar los diferentes tipos de edificios que se iría encontrando a lo largo de la ruta, pero acabó fascinado por la gente. Todos los dibujos que ilustran el libro son de el.
La motocicleta con la que Fulton dió la vuelta al mundo era una Douglas 1930, modelo T6 de cilindros opuestos y 600 cc. En la fábrica le añadieron al modelo de serie un tanque extra de 15 litros anclado a la parrilla trasera, que con los 11 del depósito principal le daban una autonomía de 560 kilómetros. (Fulton se quedó sólamente una vez sin gasolina y fue a las afueras de Munich, en Alemania, a un escaso kilíometro del siguiente surtidor.) Para protejer los bajos del motor de las pedradas y del mal estado de las carreteras por las que circularía se le soldó una plancha de acero a la parte inferior del chasis. Como las regulaciones internacionales impedian el paso de armas de fuego a traves de las fronteras y Fulton no se fiaba mucho de ciertos paises por donde iba a viajar utilizó la cavidad entre la plancha de acero y el motor para ocultar un revolver Smith & Wesson del 32. Otro aspecto a reforzar fueron los neumáticos. Estos se sustituyeron por neumáticos de coche y ambos aguantaron los 64.000 km de viaje, pinchando sólamente en seis ocasiones la rueda trasera. A ambos lados de la parilla trasera se le acoplaron unas maletines metálicos para las herramientas y las piezas de repuesto y detrás del depósito de gasolina suplementario se añadio otra maleta para la cámara de cine y los rollos de película. Completaba el equipamiento un transportín delantero para una maleta y un gran parabrisas.
Fulton parecía decidido a que no le faltara de nada en su viaje e inició la andadura cargado hasta los topes. Libros, sartenes, cubiertos y varios trajes, entre ellos uno inmaculado, reservado para algun teórico baile en alguna embajada lejana, conformaban su particular atrezzo viajero. No tardó mucho en deshacerse de todo y se quedó únicamente con un cepillo de dientes una manta y un camiseta de repuesto.